Del aprendizaje a la emergencia: El reto de liderar en la post-pandemia

Simplificando mucho las cosas, podemos resumir que antes de 2020 nuestro mundo seguía una tendencia; y que en 2020 esa tendencia global se detuvo y nos obligó a actuar improvisadamente para contener un potencial colapso de nuestras estructuras. ¿Y ahora? Ahora parece evidente que el mundo ya no es el mismo, pero en gran medida no sabemos en qué consiste nuestro “nuevo mundo”, porque es ahora cuando lo estamos creando.

No tenemos precedentes en los que basar nuestras acciones de ensayo y error, la rapidez con la que suceden las cosas no da demasiada tregua para el nivel de análisis al que estábamos acostumbrados, y las personas que deben ejecutar la estrategia de la organización no saben qué esperar, lo que supone estar sometidos a altas dosis de estrés. Si la máxima del filósofo Heráclito “la única constante es el cambio” ha sido una guía de las organizaciones en el pasado, parece que la única constante que vamos a conocer desde ahora es la inmediatez a la que habrá que adaptarse al cambio.

¿Qué es lo que va a garantizar esa capacidad de adaptación que requiere el nuevo contexto?

Parece que el concepto BANI creado en 2018 por el antropólogo y futurista Jamais Cascio (y desarrollado en esta entrada publicada por el autor), ha ido creciendo en aceptación y popularidad, dándonos algunas pistas sobre los perfiles que se van a necesitar para apuntalar la vieja estructura e ir construyendo sobre ella otra más adaptable y ligera en su capacidad de actuar anticipadamente frente al cambio (más que reaccionar a él). Si hasta aquí teníamos una idea de lo que esperábamos que se construyera a través de un proceso de transformación de nuestro liderazgo, ahora ese proceso debe ayudarnos a crear organizaciones auto-transformativas, con mayor y mejor capacidad para repensarse a sí mismas y adaptarse a un ritmo de cambio sin precedentes. Esto solo puede hacerse si las personas que trabajan en la organización representan las cualidades que debe exhibir una organización así. Yo resumo en 8 esas cualidades:

  1. Alto grado de resiliencia.
  2. Pensamiento flexible.
  3. Dominio del proceso intuitivo.
  4. Interconexión y redes de influencia.
  5. Actitud de no-miedo a lo disruptivo.
  6. Visión sistémica.
  7. Propósito compartido.
  8. Relaciones de compromiso.

La pregunta que ahora surge es doble:

¿Está el liderazgo en tu organización preparado para crear un equipo así, y si no lo está cómo puedes prepararlo para liderar con éxito un reto transformativo de tal dimensión?

En mi experiencia como entrenadora de líderes y humanizadora de empresas he constatado que el aprendizaje mecánico es clave para el día a día operativo, pero que el liderazgo, más que aprenderse, ha de emerger desde el interior. Por eso los procesos de desarrollo del liderazgo deben partir de estrategias transformativas globales, y que reflejan ante todo consciencia de esa capacidad de emergencia con la que cuenta la organización (en tanto sistema que está vivo), y contemplan acciones encaminadas a posibilitarla y auto-replicarla a través de sus líderes.

Parece que este es más que nunca el tiempo de atender a las dos acepciones de la palabra emergencia: la inmediatez en nuestra capacidad de reacción y el florecimiento de las cualidades adecuadas para resolver con éxito lo inmediato.


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